CONFLICTO DE DIAGNÓSTICO

Ceder el poder…


Sonaban las tres del mediodía en el reloj de la pared del pasillo, estrecho, angosto, tenue, frío…o al menos así lo veía yo.
Mi vida en esos momentos temblaba ante la atenta mirada de enfermeras y celadores que entraban y salían del box de urgencias donde me encontraba.

Los minutos dormían ante mí, mientras esperaba la respuesta que volvería a dar sentido a los pequeños detalles que hacía tiempo había ignorado de mi vida y en estos momentos se convertían entre mis pensamientos en el tesoro más preciado.

Si me dice que estoy bien – pensaba-, volveré a disfrutar de mi familia, del sol de las mañanas, de una cervecita después de un duro día de trabajo… si me dicen que estoy bien, desataré la cárcel de mi vida y mis pensamientos para creer en las simplezas que hacen grande la vida.

Buenos días, ¿a venido usted solo? -dice la doctora-, su rostro denota preocupación, conozco esa cara -me digo-, conozco la cara de los doctores cuando intentan acercarse a ti, con un vocabulario cercano, ignorando la sabiduría de tu alma y tu intuición, centrados simplemente en su creencia de posesión de la verdad, del diagnóstico certero, de la suerte de tu futuro… Desvinculan cualquier emoción protegiéndose bajo una máscara de compasión, escondiéndose así de sus propios miedos como seres humanos.

Algo se hiela en mí, mi sangre se acelera al igual que mi corazón, que empieza a latir cada vez más rápido, todos mis músculos se contraen y mi mundo empieza a derrumbarse en mi interior.
En ese instante entró mi hija, no estoy solo -le digo-, aun así la doctora emite un silencio estremecedor…nos miramos los tres…dos segundos eternos…mi futuro en sus palabras…

Lo siento mucho -me dice-, tiene usted un tumor en el páncreas.

Un segundo, un solo segundo separa mis dos vidas. Un solo segundo cede mi poder y anula por completo mi existencia; y una sola frase retumba desde ese momento en mi interior:
¿Quién ha salido vivo de un cáncer de páncreas?, nadie que yo conozca -me repito-, mientras esbozo una sonrisa llena de amor hacía mi hija. No pasará nada, de verdad -le prometo a ella-, y en ese instante mis ojos se cruzan con los de la doctora y su mirada… alimenta mi creencia.

Un tumor de páncreas -me repito-… nadie ha salido de ésta.

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El conflicto de diagnóstico no siempre viene dado por el médico, aunque la mayoría de veces se da cuando la persona implicada representa para nosotros una figura de poder, una referencia, una autoridad, alguien de confianza para nosotros, alguien a quien admiramos.

Trabajaremos el conflicto de diagnóstico desde la emoción primaria y aportando un recurso también primario.
Todo está dentro de ti. El poder es nuestro y debe ser siempre nuestro.
El diagnóstico es un bioshock potencial, por tanto deberá revisarse siempre antes de trabajar el propio conflicto de la enfermedad. Lo que nos afecta es la creencia, la idea que tenemos sobre ese diagnóstico y eso nos esclaviza.

Cedemos el poder y nos volvemos víctimas de una situación que debemos trabajar desde el inconsciente para ser dueños de nuestro cuerpo y nuestros pensamientos.

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