LARCH: ME CANSÉ TANTO DE MI, QUE OPTÉ POR SER YO MISMA.

Cuando uno aprende a quererse…

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De pequeña el término jirafa asomaba en mí bastante a menudo. Mi cabeza salía por encima de los niños de la clase y eso…no parecía muy cercano a esos niños que buscaban encontrarse con una mirada dulce de ojos azules y estatura que les permitiera sentirse niños y futuros hombres.

La gracia no venía innata en mí o eso al menos creía yo. Andaba con aires desgarbados, melena negra frondosa y ojos oscuros que no facilitaban un semblante afable y cercano.

Yo quería ser la niña rubia de la clase.

Esa niña con cara de muñeca que desprendía dulzura y luz por donde pasaba.

No sé de dónde saqué lo de querer operarme las rodillas para dejar de crecer… El caso es que sufrí. Con razón o no pero sufrí mucho, sin darme cuenta de que en las historias siempre hay una cara B.

Esa mirada me persiguió hasta la adolescencia con el recuerdo de que jamás gustaba a los chicos que me gustaban, con la idea que siempre era la otra, la más divina de todas. Eso me llevó, con el tiempo, a buscar hombres de poder, hombres inteligentes que destacaran por encima de los demás, con el afán de que ese alguien pudiera darme lo que yo misma no era capaz de ver en mí. Me impuse dietas, cánones y patrones imposibles de conseguir. Llegué a la anorexia y me teñí de rubio por querer ser quien no sería nunca. Seguí machacándome por no gustarme a mí misma… y así seguiría con un largo etc.

Podría haber desviado mi mirada y sentir que, para algunos, yo también era deseada. Aunque por la visión que tenia de mí misma y la falta de recursos me quedé solamente con la cara A. Aquella que me hacía vulnerable, torpe, feucha y demasiado alta para mi edad. Una mirada que me ha acompañado demasiados años de mi vida. Pero…

Siempre hay una cara B

En mi caso, me enteré ya de mayor. Había una niña que me admiraba, me veía y quería ser como yo.

Hoy con la retrospectiva de haber pasado el umbral de los 40 e implicada de lleno en el mundo de las terapias, con el objetivo claro de acompañar para que todos aprendamos a sacar lo mejor de nosotros, esbozo una pequeña sonrisa al mirar a esa niña asustada que nunca se vio con buenos ojos. A esa adolescente que deseaba gustar más que nada en este mundo aunque ella misma no se gustaba. A esa mujer que deseaba sentirse en su cuerpo sin estar pendiente de cánones de belleza imposibles. Hoy entiendo que la exclusión es a lo único que no sobrevive el ser humano que necesitamos sentirnos amados, queridos, deseados, amigos y amantes. Hoy entiendo también que, por encima de todo eso, se encuentra la mirada hacia nosotros mismos.

Me cansé de creerme todo lo que me vendían, de mirar fuera para esclavizarme en una perfección inexistente, me cansé de sufrir, de estar atada a patrones que ya no me sirven aunque de vez en cuando asoman por miedo a lo que pueda venir si no me aferro a ellos.
Me cansé tanto que llegué extenuada al mismo sitio de dónde salí y encima sin energía. Y fue justo en ese instante dónde decidí ser yo misma. O al menos darme esa oportunidad.

El siglo XXI es el siglo de la competencia desmesurada. Las redes sociales o la vecina,  se convierten diariamente en un reto, una vez más, para gustar a los demás.

Por eso es este, más que nunca, el momento para empezar a gustarse a uno mismo.

En la consulta veo mujeres que vienen para escuchar aquello que ellas mismas ya saben pero que necesitan sentir en boca de otros: Que son bonitas, preciosas, graciosas, divinas en su ser y su esencia.

Necesitan saber que alguien las ve como ellas quieren verse. Necesitan ratificar un patrón, una manera de ser que se esconde dentro de ellas. Lo saben. Pero no saben cómo sacarlo a luz.

Ya se encargó su papá, mamá, profesor, novio, compañero de clase o ellas de recordarse lo imperfectas que son, dónde nunca podrían llegar o la mala suerte que habían tenido en la vida. Y no es por lo que nos dijeran sino porqué nos lo creímos.
Otra vez la cara A.

Por suerte todos disponemos de un maestro. Aquel que nos pone en jaque, la pieza que la vida te pone delante para que puedas observar tu interior desde fuera.

Aquello que se cruza ante nosotros no es más que una representación de nosotros mismos, vista muchas veces desde otros ángulos.

No nos creemos que lo que nos chirría de otro es nuestra sombra que habla, lejos estamos de sentir y saber que cuando un patrón deja de molestarnos o incordiarnos es porque hace tiempo que ha dejado de importarnos.
-Cuando deja de molestarte que a todos tus novios les salgan granos en el culo, entonces va y la vida te trae un novio sin granos. No por capricho, sino simplemente porque ya dejó de importarte- me decía mi amiga Laura el otro día.

¿Serviría de algo que la vida te pusiera un patrón delante que ya tienes superado?

En algunos casos quizá sirve para esbozar una sonrisa y sentir como llegaron a molestarte esos granos a los que ahora estás aprendiendo a no dar la menor importancia.

Tratamiento floral:

Larch es la flor por excelencia en este proceso. Una flor que nos aporta la armonía de la autoestima y confianza. La fuerza y la serenidad de confiar en uno mismo.
Gorse, aunque se utiliza principalmente en procesos de falta de fe y esperanza, combinado con Larch nos refuerza la creencia en nosotros mismos.

Mimulus se convertiría en un imprescindible en esta formulación ya que una personalidad retraída es el núcleo que alimenta esa falta de autoestima.

A nivel terapéutico se tendrían que definir ciertos patrones, infancia y demás que pueden haber llevado a la persona a un estado Larch  permanente.

Gisella Gil

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