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MIMULUS ESSENCE: Del miedo a la confianza

Soltar las cadenas…para SER

 

Hoy he vuelto a conectar con el dolor. Ese dolor profundo y punzante que te rompe el alma en mil pedazos. Una punzada justo en el centro para hacer añicos corazas, atravesar muros y derrumbar paredes para dar en el centro de la diana.

Para llevarme a un lugar que ya ni recordaba que tenía. Hoy he sentido de nuevo ese dolor interno del niño herido desde una adulta que todavía no ha terminado de cerrar la herida.

De pequeña jamás me gusté, eso no es una novedad, pero hoy he entrado en un lugar que no había visitado más desde la niñez. Puse tantas máscaras y tantos disfraces que olvidé la razón principal del por qué y sobretodo del para qué lo hacía hasta que hoy he podido recordarlo. Hoy me he sentido como cuando llegas al cole con los deberes bien hechos, el dibujo coloreado y perfecto y la ilusión de haber construido algo desde un lugar interno y auténtico. Y aunque para ti sea el más perfecto posible resulta que no gusta, no gusta nada… Ya sea por la manera de presentarlo, por las formas, por el tono de voz o por tu semblante. El caso es que no gusta y sientes, desde lo más profundo de tu ser, que hay una frágil estructura que empieza a romperse y mueres un poquito por dentro.

Luego creces, te muestras de nuevo y, en esta ocasión, es en el campamento de verano que sientes la burla de varios compañeros por tu actuación y vuelves a romperte, un poco más. Y llegas a la adolescencia para mostrarte tal y como eres y tampoco encajas. En ese momento empiezas a distanciarte de ti misma y cada vez se te hace más y más difícil mostrarte. Demasiado altiva, demasiado dura, quizá una amenaza o una intromisión… qué más da…

 

El caso es que desde ese “Yo soy” no encajas.

 

Y te vas haciendo pequeño.  A todo eso le sumas la mirada juiciosa y miedosa de mamá que te transmite: “No eres la que yo quería que fueras”. Si fueras como yo quiero entonces yo estaría a salvo. Y ya no eres ni la hija perfecta, ni la amiga guay, ni la persona cercana, ni la amante perfecta y acabas enredado en una tela de araña que te lleva más lejos de ti de lo que nunca hubieras imaginado.

El miedo a no gustar se suma a la inseguridad de saber que cada vez que te muestras desde una parte muy interna de ti, no gustas.

Cada vez que enseñas algo que lleva impregnada tu esencia, molesta.

Y decides quedar sumido en un personaje que no sabes ni quién es. Duele ver eso, duele tanto que te sumerges en algo que poco a poco va siendo aceptado y eso hace saberte querido y especial aunque juegues en la cuerda floja de la autenticidad.

 

Te rompes, construyes, destruyes, vas, vienes, te reinventas, sufres y cuando empiezas a reconstruirte de nuevo por dentro desde un lugar más amigable para ti, cuando empiezas a gustarte o disfrutar de ti y de tu esencia aceptando lo que es, se derrumba todo por completo de nuevo. Y de repente, 30 años después, conectas exactamente con el mismo dolor, esa sensación de no valgo, no gusto. Cuando me dejo mostrar desde un yo que a mí me parece de lo menos estudiado, te recuerdan que tienes que callar para ser la buena niña y mostrarte en tu personaje para gustar. No hay nada más doloroso en el mundo que sentir que tu esencia molesta. Eso duele mucho. Mucho más que un amor roto, mucho más que un desamor ya que se instala en ti el desamor más horroroso: el desamor hacia ti mismo. 

Y eso te rompe en mil pedazos recordándote la niña herida que olvidaste en algún rincón de ti. La que no se gustaba, ni gustaba a mamá, ni a los chicos de su edad ni se gustaba a ella misma. 

 

Hoy tus ojos penetraron en mí y me llevaron a esa herida tan dolorosa que escondí años y años. El dolor de sentir que cuando me mostraba desde algún lugar de mí que no controlaba formas ni modales ni patrones a seguir sino que disparaba tal cual sin intención de nada me apartaba de ti provocando ira y rechazo.

 

Es un dolor tan devastador que me invita a preguntarme quién soy yo realmente. Me invita a preguntarme qué parte de mi es la que hace tirar para atrás, qué parte ofende o distancia…

Me viene a la cabeza Juan Salvador Gaviota, me recuerda un camino a emprender, una decisión de ser desde la libertad y el coraje, desde la aceptación de uno mismo sin heridas, sin niñez y desde la plenitud de un ser individual apostando por su particular vuelo, quizá difícil de emprender, puede que molesto para unos o, incluso, indiferente para otros.

No fue fácil para él aunque por encima de todas las cosas decidió emprender su “Yo soy” y voló.

Hoy por fin he acogido todo aquello que soy. Con mis luces y con mis sombras. Para abrazar a mi ser y darle la bienvenida al YO SOY.

 

Tratamiento floral:

Mímulus es la flor que nos acompaña en este post aunque en esta ocasión más que en otras bien podría haber titulado el post bajo flores como Crab Apple, Cerato o Larch (ya nombradas en otros) o incluso flores de otro sistema como el de FES con flores muy específicas para las HERIDAS DEL ALMA…
En este caso las incluiremos como ayudantes de la formulación floral o formularemos en dos «frascos» y así repartir las tomas de día y las de noche con distintas formulaciones.

He querido hacer referencia aquí a mi querido Mímulus que tanto me ha acompañado en mi vida como artifice de sembrar confianza y luz, fortaleza y propósito para experimentar la vida desde ese yo superior que nos libera de los miedos más terrenales. La timidez de mostrarse por miedo al ridículo, el miedo a la exclusión, a ser juzgado, visto, etc son el funcionamiento de personas (especialmente niños) altamente sensibles y sensitivas que viven presas de pequeños acontecimientos que les ofuscan el alma. La triología Mímulus-Crab apple-Larch es un gran aliado de dichas situaciones para acompañar hacer frente a los desafíos de nadar en seguridad para ser con toda la plenitud del alma.

 

Gisella Gil

 

 

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