VINE ESSENCE: De la tiranía a la compasión

Conectar con la bondad y el amor…

 

Las exigencias vienen de la mente, el corazón no exige nada.

Estaba paseando por youtube cuando me apareció un video de Amaia Montero y me detuve a verlo. Me impacté totalmente al escuchar las palabras de una persona rota por un error. Me detuve más en analizar sus gestos, su voz rota y sus enormes gafas escondiendo unos ojos posiblemente hundidos de tanto llorar.

Qué egoístas somos!!! Es lo primero que me vino a la cabeza. Es domingo, está oscureciendo y Jörg se ha ido con sus peques así que decido coger el móvil para escribir desde el silencio todo aquello que va pasando por mi cabeza.

Ni un error se nos está permitido -pienso-. En los tiempos que corren uno comete un error y el juicio es tal que puede arruinar parte de su carrera en un día… comentarios hirientes totalmente gratuitos por un error humano que le puede pasar a cualquiera.

 

¡Qué raza tan extraña somos! -me digo-, mientras conecto con situaciones vividas y empiezo a sentir una angustia dentro de mí por esas exigencias al tan puro estilo “hitleriano”:

 

Un pedido, por lo que sea, no llega en su día… no te compro más; contestas un mail dos días más tarde, eres poco profesional; empleas una frase desde tu sentir en un momento quizá desafortunado, reproche y enfado; un comentario desde una experiencia personal, desatas pasiones y culebras, tardas dos segundos más de lo normal en arrancar el coche de un semáforo; te pita el de atrás, ¿la compra del supermercado? o la metes en las bolsas a todo correr o los ojos del que espera detrás apuntan como rayos hacía ti expresando: ¡date prisa!, entras en un bar por la mañana y lo más habitual es que tus ‘¡Buenos días!’ te los comas tú ya que nadie va a responderte…

Es desolador entrar en un sitio público -se me ocurre el metro, un bar, la parada del bus- y ver a todo el mundo con la cabeza agachada mirando su teléfono móvil, absortos de la realidad que los envuelve y totalmente concentrados en la suya que es la única que importa. Esa individualidad nos hace egocéntricos, serios y distantes. Nos separa del mundo. Subimos la cabeza de vez en cuando como para hacer que miramos algo o alguien pero en realidad estamos sumergidos en nuestra historia, drama o rol. 

 

Cada vez más somos nosotros. La competitividad nos ha abierto una brecha mucho más allá de lo mental. La competitividad expone al ser humano a la lucha por la supervivencia. Antes corrían por encontrar comida, por ser el primero en cazar el mamut, por no ser devorados por un león. 

Ahora corremos para llegar a todo, para coger el autobús, para ser los mejores educadores, los mejores trabajadores, los más competitivos, los mejores padres…la competencia traspasa fronteras para llegar a las redes sociales y convertirse en una gran trampa si no sabes manejarlas y es que nuestro cuerpo -no lo olvidemos- es BIOLÓGICO, MAMÍFERO Y ARCAICO. 

 

Eso significa que no distingue correr detrás del mamut, delante del león o para recoger a los peques en el cole. En ambos casos está en juego LA LUCHA POR LA SUPERVIVENCIA.

 

Así es para nuestro cerebro arcaico. 

Y así, nos volvemos seres totalmente estresados y fuera de sí. Perdidos, absortos, desgastados, temerosos…con la adrenalina y el cortisol subidos en una nube y la desidia del que no alcanza los objetivos impuestos por una sociedad retrógrada. Nos envenenamos con los fallos del otro porque una vez más están mostrando nuestra propia exigencia y la de una sociedad. Aunque SOMOS LIBRES DE ELEGIR.

 

Porque no vale responsabilizar a la sociedad de nuestras desgracias. Lo que cuenta es asumir la responsabilidad de que yo, como ser humano, decido comportarme así cada día y asumir un rol que me hace infeliz pero me convierte en víctima de “algo” que finalmente me contrae hacia un resentimiento frio y distante. 

Me gusta sentarme en los bancos de la calle y observar a la gente. Lo hago desde muy jovencita. Antes me encantaba imaginarme las vidas de las personas. Ahora observo sus rostros cansados, cabizbajos, nerviosos, coléricos, ansiosos, malhumorados… EXIGENTES.

A mí no me permiten fallar, así que TÚ no me falles. 

 

Ahora observa:

¿Qué sientes en tu cuerpo después de haber leído lo que te he contado?… Espera leer esto ahora

En la polaridad, el corazón late a un ritmo armonioso para gozar paciente de todas las situaciones que se dan por naturaleza. Sientes el frescor que desprenden árboles y plantas, los pájaros cantando, esos rayos de sol, el olor a pan recién hecho, una sonrisa agradable o tu canción favorita. Sentir sin correr. Errar y recibir a cambio una sonrisa acompañada de un “nos puede pasar a todos”, “yo te ayudo” o “vamos a aprender juntos”. Sentir que somos un equipo. Un gran buenos días, un buen beso. Llegar a todo, tener tiempo, vivir…

¿Y qué tal se siente ahora?

Y solo leyéndolo… imagina vivirlo cada día! 

 

Tratamiento Floral:

La flor que trabaja los procesos de dominio y tiranía como es el caso de Vine también nos conecta con el servicio a los demás y la tolerancia frente a la individualidad del ser.
Extender la tolerancia a los demás nos hace seres al servicio de la vida para entender que vivir nos es aquello que mi mente estructurada impera y lidera ante el resto; vivir es sentir la vida desde la convicción de que si todo está bien para el otro, lo está para mi. Conectar con la compasión de la vida, que no significa tener pena de algo o alguien. La compasión es distintivo de tolerancia, empatía, amor y como dice una buena amiga también es vivir: CON PASIÓN.
Vine es la esencia de la humildad, restaura el alma para sentir el auténtico liderazgo desde el servicio y la humildad verdadera. Siempre que pienso en un Vine armonizado aparece en mi la figura de Mahatma Ganghi, un líder humilde y al servicio de la humanidad pero un líder por encima de todo. La otra cara del Vine podría ser Adolf Hitler. Un mismo patrón cambia por completo en armonía o sin ella. Las esencias florales nos llevan a sacar lo mejor de nosotros mismos nutriéndonos para traspasar la experiencia limitada del “yo soy” y experimentar la vida desde su totalidad.

Gisella Gil

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